11.22.09

Mamá

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Por FRANCISCO MORENO GALVIS

Dentro del hogar formado por Carlos Galvis Duran y Victoria Niño Páez en la localidad santandereana de Oiba, el 6 de Noviembre de 1916 vino al mundo Sara Victoria Galvis niño, fue la séptima de nueve hermanos. Fueron sus hermanos mayores Carlos, Abelardo, Eduardo, Alejandro, Ana Francisca y Amelia, menores que ella sus dos hermanas Isabel y María Victoria. Hasta los doce años su infancia transcurrió en la finca el Chital, en donde, rodeada de animales, trepándose en árboles frutales( guayabos, pomarrosos)  y yendo a la escuela vivió una infancia feliz. Digo feliz porque ella siempre contaba con entusiasmo anécdotas de esa etapa de su vida. Contaba, por ejemplo, de una vez que en compañía de Isabel pusieron a funcionar una maquina de cortar fique y la maquina le corto la extremidad de uno de los dedos de la mano a Isabel, la pequeña porción del dedo cayo a tierra y una gallina se la comió y allí tuvieron que sacar a relucir todos sus dotes de enfermeras para contener la hemorragia y tratar de que nadie se diera cuenta, cosa que lógicamente fue imposible, y ella fue reprendida por ser la mayor. Con orgullo contaba como su papa cuidaba las bestias de montar, que las alimentaba con maíz, caña de azúcar y buenos pastos, que esos animales siempre estaban gordos y su pelaje era brillante. Nos contaba que en la finca había hermosas cascadas de aguas cristalinas, en las cuales aprendió a nadar, que había cuevas en donde solo se podía entrar con baquianos, y que allí se escondieron sus tíos maternos, cuando eran perseguidos a causa de fanatismos políticos.

A partir de los doce años su vida sufre un cambio brusco. Ese hogar que había gozado de holgura económica,  vive  serios problemas y se ven en la obligación de repartir los hijos menores. Carlos, el mayor, que ya hacia varios años residía en la costa caribe colombiana, en donde se había casado, volvió a Oiba (o no se si a Bogota) para hacerse cargo de Amelia y Sara. En ese momento el viaje se hacia por barco desde la Dorada hasta Calamar o algún otro puerto sobre el río Magdalena. Abelardo, que también había dejado su pueblo natal y trabajaba como maquinista en los ferrocarriles nacionales, le dijo a Carlos que él quería despedirse de sus hermanas y acordaron encontrarse en la Dorada. Ellos debían tomar el vapor Goenaga y Abelardo al no poder llegar con la debida anticipación para el encuentro, llamo al hotel para decirle a Carlos, que dejaran partir el barco y que por favor lo esperaran, Carlos, en contra de su voluntad, acato el pedido de su hermano. En la Dorada se encontraron los cuatro hermanos, Abelardo le trajo regalos a sus hermanas y estaban compartiendo cuando se enteraron que una de las calderas del Goenaga había hecho explosión y la gran mayoría de sus pasajeros y tripulantes habían muerto. En Soplaviento (Bolivar), que era donde residía Carlos en ese entonces, e ignoraban que el había cancelado su viaje en el Goenaga, los daban por muertos, pero no, la espera para encontrarse con su hermano les había salvado la vida. Ellos se embarcaron en el próximo vapor, cuyo nombre se me escapa, y les toco recoger cadáveres, enteros y desmembrados, de las victimas del Goenaga.

Esa experiencia triste se suma al dolor de dejar sus seres queridos y su tierra natal y a esa tierna edad  comienza a templarse el carácter de una mujer recia, trabajadora incansable, sobreprotectora de su familia y servidora de su prójimo. Al arribar a Soplaviento son recibidas por Josefa López, esposa de  Carlos, quien a partir de ese momento se convierte como en una mamá. Amelia no se adapta al caribe colombiano, le escribe a sus padres para que la vengan a buscar y les dice que allí hace un calor infernal y que solo hay mosquitos y negros. Sus padres envían al tío Luis Eduardo Niño para que se regrese con las dos, en ese momento Carlos y flia. se habían mudado a María la Baja, allí llega el tío Luis Eduardo después de muchas peripecias y al llegar le dice a Carlos “Carlitos Ud para que se trajo estas niñas para acá, si el mundo tiene culo, este es el culo del mundo’’. Amelia se regreso complacida, pero Sara, sabiendo la precaria situación económica de sus padres y que ella seria un pesado fardo mas para ellos, decidió quedarse en el ‘’culo del mundo’’. En María la Baja vivió gran parte de su adolescencia, allí tuvo varios admiradores, me hablo de un Sr. Sierra Corrales que le escribía poemas y acrósticos y que creo ella conserva por alguna parte, también de un gringo que a punta de diccionario le declaro su amor y sus deseos de llevársela para los Estados Unidos. Durante su estadía en María la Baja, Carlos y otro santandereano llamado Alberto Ordóñez  se implican en política y junto con los nativos lideraron la conversión de María la Baja en municipio siendo Carlos el primer secretario de la alcaldía de ese nuevo municipio.

Como los hombres terminamos viviendo en la tierra de nuestras mujeres (y en ese caso yo soy parte de la regla y mis hermanos de la excepción), Carlos termino por irse para Mahates, tierra natal de su esposa Josefa. En Mahates, Sara se conoce con un primo de su cuñada Josefa llamado Juvenal Jacobo Moreno López, se hacen novios.  En Agosto de 1938 contraen nupcias. De esa unión nacieron Rafael, Dilsa Denisse, María del Socorro, Juvenal, Francisco y Javier. Ya estando anciana en Cartagena, se quedo una vez mirando los dedos de sus pies deformados por la artrosis y se reia sola, al verla Socorro le pregunta: ¿De qué se ríe mamá?,  ella le responde: me estoy acordando que estando de novios Jacobo miro mis pies descalzos y me dijo: qué lindos pies tienes!, me pregunto ¿Qué diría si me los viera ahora.?

En Mahates  se gana el aprecio de las personas que la rodean gracias a su sencillez y su espíritu de servicio, nunca la vi discriminar a alguien por su color o su condición económica, en su mesa siempre había un plato para quien tuviera hambre, cuando alguien llegaba a casa su pregunta de rigor era: ¿Ud ya comió ?. Su casa siempre estuvo abierta a quien la necesitara, con nosotros se criaron Antonio Altahona, nuestros primos que son hermanos de crianza, Alejandro, Carlos, Amelia y Diógenes, también Oscar y Santiago y ya en Cartagena nos acompaño algunos meses Juan Francisco y sin lugar a equivocarme puedo decir que a todos nos daba el mismo trato. Por algún tiempo en Mahates vivieron unos muchachos de San Cayetano de apellido Castellar Buelvas.

A pesar de haber perdido su acento santandereano, nunca tuteaba, tampoco fue una mujer fiestera, nunca la vi bailar, creo que le falto aprender a divertirse, para ella la diversión era sinónimo de vagancia para ella solo existía el trabajo. Y siempre trabajo duro, se levantaba de madrugada a preparar café para que los que salieran a trabajar no lo hicieran con el estomago vacío y para  que quienes llegaran también tomaran esta bebida aromática y energética, enseguida preparaba y servia el desayuno a los de casa y a los que llegaban, luego se dedicaba a labores de lavado y remiendo de ropas, después a preparar y servir almuerzo, en la tarde preparar y servir cena y simultáneamente vender al menudeo queso y suero, si alguien llegaba a comprar no lo hacia esperar, aunque estuviera comiendo se levantaba y lo atendía o mejor dicho, suspendía su alimentación porque muchas veces ni se sentaba para comer. En casa siempre tenía cría de gallinas, las cuales nos proveían de huevos frescos, cuando nacían machos escogía el mejor para gallo y los otros se consumían; al cocinar preparaba comida abundante para poder ofrecerle a cualquier persona que llegara  a la hora de comer, o después y que no hubiese comido  Se negó muchas de las ventajas de la modernidad, detestaba el control remoto de la televisión, eso era cosa de flojos, a pesar de tener estufa a gas seguía cocinando con leña y esto le ocasionó problemas respiratorios, los ventiladores, lavadoras y aires acondicionados los veía como un desperdicio de energía, creo que los pocos electrodomésticos que tuvo fue porque se los regalaron Dilsa y su cuñada María Díaz.

Vivió momentos difíciles durante su matrimonio, de pronto valga la pena destacar la enfermedad mental de Papá por allá a principio de los años cincuenta, en donde gracias a la solidaridad y apoyo de su familia en Bogotá, se le pudo dar el tratamiento requerido y lograr su total recuperación. Ella siempre vivió agradecida de ese acto, como también de la colaboración de los padres y hermanos de papá quienes se quedaron a cargo de Dilsa y Socorro y les cuidaron y defendieron su patrimonio mientras duró su ausencia. Además de eso Rafael se fracturó un brazo; Dilsa vivió una larga pena con una colitis ulcerativa, que se sanó gracias a la visita de un barco hospital gringo conocido como el “Barco Hope”; Juvenal, Carlos y yo también sufrimos fracturas de brazo; Javier tuvo un accidente que le afecto el ojo izquierdo, la única sana ha sido Socorro.

Por su trabajo, por su ahorro, por su apoyo Papá pudo progresar económicamente y gracias a los dos sus hijos recibieron una formación académica muy superior a la de ellos y les inculcaron el amor al trabajo, el amor a la familia, por eso hoy seguimos unidos y orgullosos de los padres que tuvimos.

Sara Galvis de Moreno, murió a los 93 años cumplidos, el día viernes 13 de noviembre de 2009, a las 10:35 p.m.

11.11.09

365 días

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8,760 horas; 525,600 minutos; 31,536,000 segundos… y contando

Ese fue el tiempo durante el cual me aleje de estas paginas, (un ejemplo de lo inconsistente que puede ser mi mente)

Tiempo en el que cambié, amé, arriesgué, crecí, envejecí, experimenté, gané, sonreí, reí, lloré, perdí, en fin viví… y aqui estoy de nuevo, y sigo cambiando, amando, arriesgando, creciendo, envejeciendo, experimentando, ganando, sonriendo, riendo, llorando, perdiendo, en fin viviendo.

Y similar a Descartes, diseño luego existo.

Diseño al cambiar, amar, arriesgar, crecer, envejecer, experimentar, ganar, sonreir, reir, llorar, perder, en fin diseño al vivir, y vivo para diseñar. Es mi naturaleza.

FUE HACE 198 AÑOS… EN 1811

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ACTA DE INDEPENCIA DE LA PROVINCIA DE CARTAGENA EN LA NUEVA GRANADA

En el nombre de Dios Todopoderoso, Autor de la Naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de la Provincia de Cartagena de Indias, concretados en Junta plena, con asistencia de todos los Tribunales de esta ciudad, a efecto de entrar en el pleno goce de nuestros justos e imprescriptibles derechos que se nos han devuelto por el orden de los sucesos con que la Divina Providencia quiso marcar la disolución de la monarquía española, y la erección de otra nueva dinastía sobre el trono de los Borbones: antes de poner en ejercicio aquellos mismos derechos que el sabio Autor del Universo ha concedido a todo el género humano, vamos a exponer a los ojos del mundo imparcial el cúmulo de motivos poderosos que nos impelen a esta solemne declaración, y justifican la resolución tan necesaria que va a separarnos para siempre de la monarquía española.

Apartamos con horror de nuestra consideración aquellos trescientos años de vejaciones, de miserias, de sufrimientos de todo género, que acumuló sobre nuestro país la ferocidad de sus conquistadores y mandatarios españoles, cuya historia no podrá leer la posteridad sin admirarse de tan largo sufrimiento: y pasando en silencio, aunque no en olvido, las consecuencias de aquel tiempo tan desgraciado para las Américas, queremos contraernos solamente a los hechos que son peculiares a esta Provincia, desde la época de la revolución española; y a su lectura el hombre mas decidido por la causa de España no podrá resistirse a confesar que mientras más liberal y más desinteresada ha sido nuestra conducta con respecto a los gobiernos de la Península, más injusta, más tiránica y opresiva ha sido la de éstos contra nosotros.

Nosotros debimos someternos a tan degradante desigualdad. Reclamamos, representamos nuestros derechos con energía y con vigor, los apoyamos con las razones emanadas de las mismas declaratorias del Congreso Nacional; pedimos nuestra administración interior fundándola en la razón, en la justicia, en el ejemplo que dieron otras naciones sabias, concediéndola a sus posiciones distantes aun en el concepto de colonias que estaba ya desterrado de entre nosotros ; y últimamente ofrecíamos de nuevo, sobre estas bases, la más perfecta unión para mostrar que no eran vanas palabras enviámos los auxilios pecuniarios que nos permitían las circunstancias. Los que llamaban diputados de la América, sostuvieron en las Cortes con bastante dignidad la causa de los americanos; pero la obstinación no cedió ; la razón gritaba en vano a los ánimos obcecados con las preocupaciones y la ambición de dominar; sordos siempre a los clamores de nuestra justicia, dieron el último fallo a nuestras esperanzas, negándonos la igualdad de representantes y fue un espectáculo verdaderamente singular e inconcebible ver que al paso que la España europea con una mano derribaba el trono del despotismo, y derramaba su sangre por defender su libertad, con la otra nuevas echase nuevas cadenas a la España americana, y amenazase con el látigo levantado a los que no quisiesen soportarlas.

Colocados en tan dolorosa alternativa, hemos sufrido toda clase de insultos de parte de los agentes del gobierno español, que obrarían sin duda de acuerdo sentimientos de éste; se nos hostiliza, se nos desacredita, se corta toda comunicación con nosotros, y porque reclamamos sumisamente los derechos que la naturaleza, antes que la España, nos había concedido, nos llaman rebeldes, insurgentes y traidores, no dignándose a contestar nuestras solicitudes el Gobierno mismo de la nación.

Agotados ya todos los medios de una decorosa conciliación, y no teniendo nada que esperar de la nación española, supuesto que el gobierno más ilustrado que puede tener desconoce nuestros derechos y no corresponde a los fines para que han sido instituidos los gobiernos, que es el bien y la felicidad de los miembros que la sociedad civil, el deseo de nuestra propia conservación y de proveer a nuestra subsistencia política, nos obliga a poner en uso los derechos imprescriptibles que recobramos con las renuncias de Bayona, y la facultad que tiene todo pueblo de separarse de un gobierno que lo hace desgraciado.

Impelidos de estas razones de justicia que sólo hacen un débil bosquejo de nuestros sufrimientos, y de las naturales y políticas que tan imperiosamente convencen de la necesidad que tenemos de esta separación indicada por la misma naturaleza, nosotros los representantes del buen pueblo de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al ser supremo de la rectitud de nuestros procederes, y por arbitro al mundo imparcial de la justicia de nuestra causa, declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo, que la Provincia de Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado libre, soberano e independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia, y de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con la corona y gobiernos de España, y que como tal Estado libre y absolutamente independiente, puede hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres e independientes. Y para mayor firmeza y validez de esta nuestra declaración empeñamos solemnemente nuestras vidas y haciendas, jurando derramar hasta la última gota de nuestra sangre antes que faltar a tan sagrado comprometimiento.

Dada en el Palacio de Gobierno de Cartagena de Indias, a 11 días del mes de Noviembre de 1811, el primero de nuestra independencia.

Ignacio Cavero, Presidente-Juan de Dios Amador- José María García de Toledo-Ramón Ripoll-José de Casamayor-Domingo Granados-José María del Real-Germán Gutiérrez de Piíiéres-Eusebio María Cañamal-José María del Castillo-Basilio del Toro de Mendoza-Manuel José Canabal-Ignacio de Nar-váez y la Torre-Santiago de Lecuna-José María de la Terga-Manuel Rodríguez Tortees-Juan de Arias- Anselmo José de Urreta-José Fernández de Madrid- José María Benito Rerollo, Secretario.