03.28.08
EL BAILE
Autor: Héctor Abad Faciolince
Nunca aprendió a bailar. Pudo ser vanidad, es decir, temor a equivocarse y a que todos notaran su torpeza. O tal vez la familia muy católica, los tíos curas, los rosarios, el recóndito temor al pecado; porque sin duda para una religiosidad sexófoba, ese meneo de los cuerpos tiene un fin pecaminoso. Hay otras teorías para su carencia: no nació en la Costa ni en tierra caliente, como los buenos bailarines de su país, sino en unas montañas violentas y tristes, demasiado inclinadas al trabajo, al rencor, la astucia y la circunspección. Ha dominado estas tendencias, pero no tanto como para llegar a bailar.
También pudiera ser una incapacidad natural para sentir el ritmo o una timidez tan acentuada que lo lleva a vigilarse, a ser conciente de sí mismo siempre que está con él mismo, y a sentir verguenza al hacer esos movimientos por lo menos curiosos que su razón no puede gobernar. Porque sabe que en el baile es inútil cualquier inteligencia racional y hay que apelar a ciertas ancestrales sabidurías del cuerpo.
Sea lo que sea, envidia sin atenuantes a los bailarines. Los mira con deleite, nota su alegría que va pasando a euforia con las piezas. Mira cómo se mueven y gozan y se gozan. Entonces le da tristeza de sí mismo, se compadece de él, lo cual es un sentimiento muy desagradable. Pero es que sabe que esta limitación ha cercenado una parte importante del precario placer que es posible extraer de nuestra corta experiencia sobre la tierra. Sabe que ha perdido una de las formas más gratas y sutiles del erotismo.
Ha hecho esfuerzos por superar esta que considera una tara nefasta de su cuerpo. Pero el fracaso ante el baile lo sumerge siempre en una especie de depresión, cuando hace un intento por superar esta derrota. Es lo mismo que debe sentir un impotente perpetuo. Sospecha, sabe, todos le han dicho que el acto es bueno, agradable; su misma pareja lo espera con ansia. Pero él sabe que no consigue hacerlo.
El anterior escrito es un cuento del escritor, editor y periodista colombiano, nacido en Medellín, Héctor Abad Faciolince. Fue publicado en la edición enero-febrero de 1997 de la revista El Malpensante y de alli fue transcrito a este espacio.
Ricardo Buitrago Consuegra said,
March 28, 2008 at 10:02 pm
Muy bueno. Debe ser una sensacion de impotencia el no poder acompasar los pies con el ritmo musical. hay que ser caribe para eso